Todos sabemos qué es la literatura, y nos hemos acercado muchas veces a una obra concreta de carácter literario. Pero nos costaría un gran esfuerzo encontrar una definición satisfactoria. Sin embargo, los intentos de definir “qué es la literatura” son tan antiguos como el hecho de “escribir”.
En el ensayo literario “Lecturas compulsivas”, Félix de Azúa nos muestra distintas opiniones a propósito de esta pregunta:
A partir de 1968 se va imponiendo el punto de vista pragmático, Enzensberger y Steiner, este último por el camino de la queja: ambos constatan la absorción de la literatura en el mercado del ocio y el triunfo de la industria del espectáculo sobre la industria cultural. La literatura regresa a su función de mero pasatiempo, se convierte en una artesanía y el literato en un profesional del entretenimiento.
Y siguiendo con la controversia recojo la opinión reciente de Agustín Fernández Mallo, un autor incluido dentro del panorama de nuevos narradores, que en esta entrevista opina:
“Ningún arte maneja los tiempos y las dimensiones en bruto, puras, pero los novelistas mucho menos. Los novelistas manejamos un tiempo y unas dimensiones que no son tales, sólo son trucos y proyecciones metafóricas de aquellos otros. Hay que entender que la literatura es el arte –si se le puede llamar así- más abstracto que hay, es pura intelectualidad, una marcianada que se construye a base de signos y complejas reglas de combinación que nada tienen que ver con los sentidos”.
No obstante, considerando la literatura como un acto de comunicación, la respuesta a los interrogantes planteados habrá de venir de una reflexión sobre los tres pilares de la comunicación literaria: el emisor (autor), el mensaje (texto) y el receptor (público).
Hay que subrayar que entre los cultivadores de la estética de la recepción de la semiótica y de la ciencia empírica de la literatura, se atribuye al público receptor un papel capital en la determinación de qué textos deben ser considerados como literarios.