¿Quién, en su primeras lecturas, al ver la palabra ensayo en la cubierta de un libro no ha tenido la tentación de dejarlo?
Bien porque ha pensado que sería un tostón o, porque se ha visto leyéndolo con los codos en la mesa y la cabeza entre las manos como si de un libro de texto se tratara.
Como en todo género hay ensayos buenos o menos buenos, pero si el iniciador del género, Montaigne con sus Essais (Ensayos, 1580) consigue que una amiga mía, en los días que puede, desayune a la par que lee uno de sus Essais es que su contenido lo merece.
Y es que resulta que, a diferencia de otros géneros más particulares, el ensayo es una obra de arte. Aparecen en él materiales de construcción y técnicas afines a otras formas de expresión, como la carta, el diálogo, la confesión, el diario, la prosa didáctica y el ...




