Atención: poeta busca estilo propio
He estado vagando por las calles de una ciudad. He pasado toda la noche caminando por rincones inhóspitos, oscuros, pericolosos, que dirÃa mi amigo Giovanni. Todo en ella es prodigioso, sugestivo, perturbador y extraordinario.
Entré, decÃa, casi sin darme cuenta por indicaciones de un extraño en una calle con olor a azahar y besos, a música. La calle, creo recordar, Bécquer.  Pronto percibÃ, no sin asombro, que allà todos tenÃan los ojos azules. Para unos resultaba algo genético y para otros solo eran burdas lentillas que apenas si engañaban a inocentes doncellas en edades tempranas. Me aburrà pronto de oÃr liras entonadas a los balcones. Me fui tarareando y proseguà mi camino.
Crucé por una plaza. DebÃa ser, por su magnitud, la Plaza Real. Alcé la mirada y vi entonces un rotulo brillante que decÃa: Plaza de Pablo Neruda. Recorrà su espacio con entusiasmo. Sus gentes vestÃan con elegancia y finura. Paseaban con garbo y miraban seguros. Me acerqué a una señora bella con intenciones de cortejo. Se dio la vuelta y vi que tenÃa un esparadrapo cerrando su boca y la sentà como ausente. Todos estaban obligadamente mudos y raramente ausentes. Marché triste pero más alto.
Vencido por el sueño, busqué hospedaje y entré en el Hotel Jorge Luis Borges. El recepcionista hablaba en un idioma desconocido por mÃ. Y cuando acerté a entenderlo me creó una duda existencial tan enorme que salà corriendo. Y pensar que sólo querÃa una cama para soñar.
Seguà mi camino a ninguna parte atravesando calles y barrios enteros: la calle Miguel Hernández, menuda revuelta habÃa formada mientras se oÃa un leve llanto asomando desde una ventana; el Barrio de Lorca, en el que habÃa una juerga flamenca impresionante, gitanos por bulerÃas, martinetes, soleares, algo incomparable hasta que se formó una reyerta y las navajas brillaron ensangrentadas a la luz de la Luna; El pasaje de José Hierro, en el que pude disfrutar de un café fabuloso con música de Nueva York; El parque de Benedetti, en dónde los mendigos eran respetados y los árboles contaban secretos…
Y asà estuve vagando por innumerables calles, plazas, puentes…, como digo, toda la noche. Al final, llegué casi sin darme cuenta y con un gran dolor de cabeza a una calle vacÃa, sin nombre, sin casas, sin gente, sin música ni olores, sin armas. Agarré un palo de fregona abandonado y un trozo de papel. Con ayuda de unos fósforos tizné un mendrugo de madera y escribà en el papel mi nombre. Clavé el humilde cartel a la entrada de la calle, eché un cartón en el suelo y me tumbé a esperar el amanecer soñando con hacerme un dÃa una casita allà mismo y vivir en mi calle, solo, para siempre.
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3 Comentarios
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Me gusta el tono irónico para expresar el vagabundeo y la búsqueda en la vida y en la literatura. Es valiente seguir el camino a ninguna parte. El final es ingenioso y gracioso. Que los sueños se cumplan.
Bonita alegorÃa de la búsqueda del estilo. Coincido con Ana, el final es muy bueno.
Jesús, estoy segura que algún dÃa tú también encontrarás una calle en el Barrio de los Poetas con tu nombre.