Me encantan las zanjas, los hoyos, las excavaciones y los boquetes madrileños. Adoro sortearlos y adoro detenerme en sus orillas para respirar su aroma húmedo de profundidades, desagües y misterio.
Es cierto que antes los odiaba tanto como vosotros. Que no hace mucho tiempo, los encontraba tan inoportunos, tan molestos, tan sucios, tan humo, tan hollín y tan grava que me daban ganas de lanzarme a uno de ellos y desaparecer. Pero todo cambió desde que me topé con mi primer agujero de ficción literaria. ‘El agujero’ de Ricardo Sanz comienza así: “El agujero cogió su maleta, metió en ella bien dobladita su capa negra [...] y se fue a esperar la llegada del tren“.
Se trataba de un agujero viajero que se ponía y se quitaba su capa oscura cuando a él le daba la gana. Una maravilla. Un prodigio de personificación que me llevó a buscar otros agujeros con los ...