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El viaje del héroe

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Las investigaciones realizadas por estudiosos como el antropólogo Joseph Campbell (que realizó un análisis exhaustivo de los mitos) o el erudito ruso Vladimir Propp (centrados en la morfología de cien cuentos de hadas pertenecientes al folklore ruso) vinieron a ratificar el viejo axioma de que la literatura trata siempre de una única historia, la vieja historia del hombre y sus problemas, que se cuenta una y otra vez con infinitas variaciones.

Campbell descubrió que todas las historias están compuestas por unos pocos elementos estructurales que encontramos en los mitos universales, los cuentos de hadas, las películas y los sueños.  Por su parte, Propp,  identificó 31 puntos recurrentes,  a los que denominó funciones,  que creaban una estructura común a todas esas narraciones.  De estos estudios se desprende que todas las narraciones seajustan, consciente o inconscientemente, a un patrón determinado que Campbell llamó el monomito,  la historia por excelencia que subyace en todas las historias que nos explicamos unos a otros desde el amanecer de la humanidad, desde los chistes más crudos más descarnados hasta las más altas cotas literarias.

Cuando analizamos el monomito nos damos cuenta de que, en el fondo, toda historia es una suerte de viaje.  Puede tratarse de un viaje real con un destino claro y definido, atravesando un bosque o un laberinto,  o de un viaje interior a través de la mente, el corazón o el espiritú.  Lo importante es que el héroe (o protagonista) abandona su entorno cotidiano y se interna en un mundo extraño y plagado de desafíos con la intención de conseguir un objetivo.  Es el llamado viaje del héroe o, como lo denomina acertadamente Robert Mckee, la búsqueda. 

Esa búsqueda incide directamente en un mecanismo psicológico enraizado en el inconsciente colectivo. Sus variantes son tan infinitas como pueda serlo la especie humana, pero su forma básica permanece inalterada. En toda historia se repiten ciertos caracteres o energías presentes en los sueños y también en los mitos de todas las culturas:  eso es lo hace que resulten válidos y verídicos desde una óptica psicológica, aunque nos presenten acontecimientos fantásticos, irreales o simplemente  imposibles.  Y la única forma de crear historias que conecten al lector contemporáneo con la fuente primigenia de sus emociones es conocer a fondo los elementos que componen ese patrón y su aplicación práctica a la literatura moderna,  pues solo jugando con el mito, reinventándolo o dándole la vuelta suscitaremos la empatía del lector. 

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3 Comentarios

Judy dejó un comentario el 19 Octubre 2007 a las 3:05
  1. Frida: Me ha encantado este artículo! Nos obligas a
    reflexionar no solo en las historias que escribimos, las muchas lecturas realizadas, el valor de los mitos y la literatura toda! Muy bueno!!!

Ismael M.B. dejó un comentario el 19 Octubre 2007 a las 13:47
  1. La pregunta es si estas categorías de Campbell, Propp, Jung etcétera nos sirven de manera práctica a la hora de escribir.
    Mi opinión es que es recomendable conocerlas; a cualquiera que tenga interés por la creación narrativa le fascinarán. Pero a la hora de la verdad son muy poco prácticas, e incluso es recomendable olvidarse de ellas cuando estás generando una historia. Es imposible forzar los mitos, las resonancias inconscientes, etc; debe salir de modo espontáneo de nuestra creatividad, o de lo contrario el resultado será acartonado y poco sincero.
    Creo que ese es el problema que tienen en gran medida los cursos y manuales de escritura al estilo de Robert McKee.
    Como dice David Lynch: “Debemos dejarnos guiar más por nuestro instinto; sabemos más de lo que creemos”.

    Muy interesante tu post!

Ramon Ocampo dejó un comentario el 22 Octubre 2007 a las 1:15
  1. Me habéis dado un muy buen material para pensar.

    Coincido parcialmente con las objeciones de Ismael. No es positivo permitir que la técnica o la metodología se conviertan en un obstáculo frente a la creatividad o a la expresividad poética que buscamos al escribir. Más que un resultado acartonado creo que nos arriesgamos a no obtener resultado alguno.

    No obstante, la ignorancia tampoco ayuda. El desconocimiento de las técnicas y de las herramientas del buen hacer literario no nos van a hacer mejores escritores. Todo lo contrario.

    En fin. Viene a mi mente ahora la imagen de la creatividad literaria como un brioso caballo (blanco para mas señas, es que tengo una imaginación muy detallista) al que hemos de montar sin acabar de domarlo jamás. Ahí está la silla; aquí se pueden ver los estribos deslizándose por los lados del corcel; allí las riendas, colgando aparentemente desatendidas de las manos del escritor

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