Vivir otras vidas

Nosotros, los cuentacuentos, pertenecemos a uno de los oficios más antiguos del mundo. En todas las culturas, desde los tiempos en que la tribu se reunía alrededor del fuego para oír a los ancianos o a los viajeros recién llegados, han existido siempre magníficos narradores capaces de embobarnos y trasladarnos a otro tiempo y lugar cuando nos cuentan sus historias, ya sean reales o inventadas. De esa forma, satisfacen esa necesidad de abstraernos de nuestra vida cotidiana que todos tenemos, porque muchas veces nuestra propia historia, de puro conocida, nos hastía, así que buscamos en la de otros la sal y la pimienta emocional que precisamos. Por eso “el hombre es un animal narrativo, que necesita contar y que le cuenten historias” (Enrique Páez).
Algunos consideran que ese apetito de historias es un mero entretenimiento, una forma de evadirnos de nuestra realidad en lugar de vivirla hasta el fondo o cambiarla. Sin embargo, la función que cumplen las historias en nuestra mente es mucho más compleja:
El psicólogo Carl G. Jung notó que existe una extraña correspondencia entre las figuras que poblaban los sueños de sus pacientes y los arquetipos comunes a cualquier mitología (el joven héroe, el anciano o anciana sabios, el antagonista sombrío, etc.). Eso le hizo pensar que esos arquetipos son un reflejo de los diferentes aspectos de la mente humana, de tal suerte que nuestras personalidades se dividen y desdoblan en estos personajes. En definitiva, todos tenemos algo de héroe, de sabio, de malvado… Eso hace que al escuchar una historia nos sintamos reflejados.
Los personajes de cualquier historia responden a unas motivaciones universales inteligibles para todos: el deseo de ser amado, de tener éxito o riqueza, de obtener venganza, de sobrevivir o de ser libre. De manera que, cuando nos identificamos con un personaje, no lo hacemos por altruismo, compasión o simpatía. Lo hacemos porque relacionamos sus deseos con los nuestros. Subconscientemente, el lector piensa “este personaje es como yo, comprendo como se siente porque yo también siento o he sentido alguna vez la misma emoción que él. Por lo tanto, quiero que consiga lo que desea ya que, si yo estuviera en su lugar, querría lo mismo que quiere él”.
Este fenómeno (la capacidad del ser humano de ponerse en el lugar de otro y participar afectiva y emotivamente de la realidad ajena) se denomina empatía y es lo que despierta nuestro interés en oír historias. Gracias a la empatía, la historia se convierte en una metáfora de la vida (Robert McKee). Podemos aprender de las experiencias que nos están contando como si las hubiéramos vivido nosotros y así encontramos la manera de resolver nuestros problemas y un apoyo para nuestra propia superación personal, hasta el punto de que las historias son nuestro mejor aliado para comprender la pauta de la vida y dar sentido a la anarquía de la existencia.
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6 Comentarios
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Preciosa explicación sobre el nacimiento de la ficción…
Diana P.
Me gusta tu entrada, me has llevado al origen de las historias.
A mi me encantan los cuentos,¡cómo no! si son el alimento de la imaginación. Por aquí somos muy cuentistas, jejeje http://www.silosgallery.com/es/mas-que-palabras.html
M.C.M.(Marcamar)
No creo que ese apetito por las historias sea un mero entretenimiento, más bien, otorga una especie de evasión al igual que una buena película o un buen show, pero también creo que responde a la curiosidad innata del hombre por saber más, de trasponer sus fronteras, de viajar a otros lugares y a otros universos (sabiendo que cada persona tiene su propio universo).
Muy interesante. Personalmente, la lectura me permite saborear la soledad, sin que a nadie le parezca mal.
Gracias al autor por darnos tan amplia explicación de vivir otras vidas.
Mejor nadie lo hubiera podido decir.